10 libros tristes que te alegrarás de haber leído
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10 libros tristes que te alegrarás de haber leído

Hay gente que solo quiere leer libros con finales felices. Es esa idea de «leo para distraerme» o «bastante triste es ya lo que veo a mi alrededor». Pero la felicidad a la larga resulta aburrida, mientras que hay muchos grados de tristeza: la de llorar a mares, la que es como un cuchillo que se retuerce en tu interior, la que te inunda de melancolía… Un amplio abanico de emociones a las que parece absurdo renunciar, porque son parte de sentirse vivo. Aquí tienes diez libros que son verdaderas lecciones de vida.

Duelen, pero te alegrarás de haberlos leído.

1. ‘Años luz’, de James Salter

Es un libro de los que duelen. La historia de un final, del reconocimiento del final de una historia que es un momento doloroso y para el que se necesita mucho valor. Duele el fracaso y aterra la consciencia de tener que elegir entre esconderse o el vacío. Es una novela escrita en los setenta, y como pasaba en Una vida encantada, de Mary McCarthy, y en casi todas las novelas escritas en esos años, las mujeres aparecen siempre un poco como sin saber qué hacer con sus vidas. No quieren ser sus madres, no quieren ser sus abuelas, pero tampoco tienen muy claro qué quieren ser.

Formalmente, Salter tiene un estilo muy personal, a fogonazos, en flashes, va construyendo la historia, los personajes y el ambiente. Frases cortas y descripciones precisas, casi como escenas de una película.

«La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor a tabaco. Queso brie, manzanas amarillas, cuchillos con mangos de madera».

2. ‘Expiación’, de Ian McEwan

Es difícil decidir si este libro merece formar parte de esta lista por ser triste — uno de los más tristes que hemos leído — o simplemente por ser una novela de una belleza y una potencia increíbles. O por contener una historia de amor de esas que te dejan sin aliento. O por tener uno de los mejores primeros capítulos que se pueden encontrar (hay que decir que McEwan es un especialista en eso: los primeros capítulos de sus libros son de una perfección sublime). En cualquier caso, es de esas novelas que simplemente hay que leer. Y que nunca se olvidan.

3. ‘Chump Change’, de Dan Fante

Una novela para chapotear en el fango de la destrucción humana: alcohol, drogas, desolación, amargura, el catálogo completo del lado oscuro. Es una historia sórdida y brutal que cuenta los últimos días de la vida de John Fante narrados por su hijo. Dan es alcohólico, poeta y se encuentra completamente desubicado cuando vuelve a Los Ángeles tras salir de una clínica de desintoxicación para acompañar a su padre. Inmerso en una espiral de autodestrucción brutal, se da cuenta de nunca se está preparado para perder a un padre.

«Sí conseguí, en cambio, sentir su aliento espeso y congestionado que salía a resuellos. Yo sabía que ya no podía oírme, que su corazón valiente pronto se detendría, que moriría sin haber sabido siquiera que su hijo Bruno había estado allí. Finalmente, antes de soltar su mano, se me escapó un ‘te quiero’. Al pronunciarlo sentí algo parecido al pesar, aunque no era exactamente eso. Era algo de una profundidad mucho mayor, acaso el vértigo ante un pozo que nunca volvería a llenarse».

4. ‘Verde agua’, de Marisa Madieri

Hay libros que son tan tristes que te desgarran, otros en los que la tristeza — en este caso, la melancolía más bien — flota en todas la páginas, envolviendo la historia. Perderlo todo: la casa, el trabajo, la tierra en que has nacido y tener que empezar de nuevo, en un lugar donde sientes que no te quieren y donde tienes que agradecer cada migaja que te dan. Madieri, que lo vivió en carne propia — su familia fue expulsada de Fiume, en la actual Croacia, al terminar la Segunda Guerra Mundial y ella vivió su niñez en un campo de refugiados en el que «entrar era entrar en un paisaje vagamente dantesco, en un nocturno y humeante purgatorio» — , construye a partir de sus recuerdos una obra delicada y poética sobre el destierro. Más que entristecer, conmueve profundamente.

5. ‘Carta de una desconocida’, de Stefan Zweig

Viena. La historia de un amor desesperado. Una breve y tristísima novela con una única carta escrita por una desconocida y cuyo destinatario recibe cuando ella ya ha muerto. Es una carta estremecedora en la que relata la gestación de un amor no solo no correspondido, sino además usado y abusado. Es una historia trágica, un amor puro, fiel y entregado sin recompensa, lo único que recibe es indiferencia y, a pesar de ello, en esa única carta nunca hay reproche ni recriminación. Pensándolo bien puede que más que una historia de un amor puro, sea la historia de una obsesión enfermiza.

6. ‘Los restos del día’, de Kazuo Ishiguro

¿Hay algo más triste que una vida desperdiciada? Esto es lo que le sucede al narrador de esta novela, que durante muchos años ha sido mayordomo de lord Darlington en su gran casa señorial. Tras la plácida superficie de su relato, en que se suceden cenas de gala, tés en el jardín y toda la parafernalia de una casa señorial inglesa, asoma otra realidad, mucho más desoladora: una vida al servicio de las apariencias, de la dignidad del puesto, negando las emociones, cerrándole la puerta al amor, todo en nombre del orgullo de servir a un gran señor… que tal vez no era tan grande. ¿Valía la pena renunciar al amor por ello? Ahora, en cualquier caso, ya es demasiado tarde para rescatarlo.

7. ‘Noches azules’, de Joan Didion

Noches azules es el libro que Joan Didion escribe a partir de la muerte de su hija Quintana. Espeluznante, ya es tener mala suerte en la vida. Su hija sufre una hemorragia cerebral y, al volver con su marido de visitarla en la UCI del hospital, se sientan a cenar y él muere de un infarto. Mientras trata de lidiar con su muerte, su luto y todo el barullo emocional y físico que eso supone tiene que seguir cuidando a su hija, visitando, esperando que mejore… para asistir dos años después a su muerte. Didion decide luchar contra la pena atroz, la impotencia y la paralización emocional, mental e incluso física, escribiendo. Se sienta y, con una increíble frialdad que te estremece hasta los huesos, disecciona su propia maternidad y su relación con su hija, cada frase, cada foto, cada pequeño resquicio de recuerdo intentando encontrar una explicación a su muerte y a su vida en cierta manera atormentada. Es atroz, y terrible leerla, porque sabes que no va a llegar a ningún sitio más que a causarse un dolor aún mayor, pero por otro lado sabes que es su manera de enfrentarse a esa situación.

8. ‘Desgracia’, de J.M. Coetzee

Todo en este libro es seco y duro como el paisaje sudafricano que rodea la casa de Lucy donde su padre, David, se refugia tras perder su trabajo en la universidad y su reputación. Una novela donde suceden cosas terribles, a los animales y a las personas. Sin dramas ni aspavientos, Coetzee te hace viajar a las profundidades insondables del alma humana y, una vez allí, te suelta. Desolador.

«No es cosa de la maldad humana, solo se trata de un vasto sistema circulatorio, para cuyo funcionamiento la piedad y el terror son irrelevantes. Así es como uno debe considerar la vida en este país: en su aspecto esquemático. De otra manera, se volvería loco».

Léelo si te atreves.

9. ‘Vía Revolucionaria’, de Richard Yates

En la América de 1955, Frank y April Wheeler parecen una pareja ideal: se quieren, tienen una casa en los suburbios, dos hermosos hijos y grandes sueños para el futuro. Ellos no van a ser como los demás, no se conformarán con un nuevo coche o una televisión, quieren ir a París y vivir rodeados de arte. Una tras otro, sus sueños se topan con la realidad, que los destroza, implacable. Tal vez ni siquiera se querían, solo estaban enamorados de la imagen que cada cual tenía del otro. Un libro triste, como los sueños rotos de sus protagonistas. Pero valioso, porque está lleno de verdad, aunque a veces la verdad duela.

10. ‘La carretera’, de Cormac McCarthy

Un libro feroz, durísimo. Y no porque transcurra en un mundo posapocalíptico donde sobrevivir es una hazaña, sino porque el conflicto central es el profundo, inagotable amor de un padre. Cualquiera que haya tenido hijos se sentirá identificado con el protagonista, que en medio de la terrible desolación, los peligros y el hambre solo piensa en cómo proteger a su hijo. Si les capturan, ¿será capaz de matarlo para evitarle un destino aún peor? Una verdadera pesadilla, escrita en una prosa tan parca — desnuda y cortante como los paisajes que describe — como exquisita. La carretera es una de esas novelas que te dejan emocionalmente destrozado, pero que por contraste nos recuerda el valor de todo lo que podríamos perder y nos hace estar agradecidos por ello.

Fuente: elbuscalibros.com

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