Selma Ancira: “Cada libro te pide algo distinto”
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Selma Ancira: “Cada libro te pide algo distinto”

Aforismos, traducidos por la eslavista y crítica, iluminan el lado religioso y revolucionario del escritor ruso Lev Tolstói.

Tener acceso a lo mejor de la literatura rusa en español ha sido posible, en gran medida, gracias a la labor de la escritora mexicana Selma Ancira. Autores como Bulgákov, Chéjov, Dostoievski, Pushkin o Gógol conforman la nómina a la que ha dedicado 40 años traduciendo los más diversos títulos. Entre todos ellos, destacan la poeta Marina Tsvietáieva y, acaso el más grande de los escritores rusos, Lev Tolstói, con quienes Ancira reconoce haber sentido más afinidad.

—¿De qué manera se ha definido esta relación afectiva con los escritores rusos?

Ha sido cuestión de sensaciones, de con quién me he ido sintiendo más identificada a lo largo de los años. Hice mi tesis de doctorado sobre Dostoievski, creo que bajo la influencia de mi padre (Carlos Ancira), pero después me sentí mucho más cerca de Tolstói. Cuando me adentré en sus diarios y sus cartas, me resultaron fascinantes su personalidad, su fuerza moral. Lo siento muy próximo, todo lo que dice me motiva.

—Una docena de títulos dan cuenta de esa cercanía con Tolstói. El más reciente, Aforismos (FCE, 2019), se publica por primera vez en español.

Es un libro que considero muy importante por muchas razones. Me da la sensación de que va a contracorriente del mundo actual. Todo lo que dice sobre el alma, el amor, la religión, la humildad, contrasta con lo que vivimos. Los aforismos están tomados de un volumen mayor, El camino de la vida, inédito en español. A Tolstói le interesaba hacer una compilación de la sabiduría universal desde épocas muy remotas. Muchos de los aforismos están escritos por él, pero también reunió material de otros pensadores y los reelaboró para que expresaran lo que quería decir. A partir de ahí, hice una selección. Me apasiona el camino que Tolstói recorre, porque habiendo nacido aristócrata, habiendo sido jugador en su juventud, bebedor, fumador, cazador, enamoradizo y soldado, se convierte en el apóstol del pacifismo, deja de fumar, lucha contra el alcoholismo, aboga por el respeto a la vida a tal punto que se vuelve vegetariano. Su camino vital lo lleva a regalar sus derechos de autor: no permite el comercio con su obra porque quiere que su pensamiento llegue a todo el mundo. Es fascinante.

—Es notoria la cantidad y calidad de autores que cita. Esto nos habla de una cultura muy vasta. ¿Hubo algún hallazgo que te sorprendiera?

Por supuesto, descubrir el poema de Nezahualcóyotl. Casi no puedo explicar lo que fue leer a Nezahualcóyotl en ruso, en la traducción que Tolstói había hecho a partir de la traducción alemana de un libro inglés que reproducía uno de sus poemas. Yo estaba en una isla sueca, en una casa de traductores, traduciendo a Tolstói y de pronto aparece Nezahualcóyotl. Fue uno de los momentos más intensos de este trabajo.

—Un hombre con una personalidad desmesurada y deslumbrante, dices en el prólogo. ¿Qué destacarías del papel que jugó en su tiempo?

Podría contestar de una manera curiosa: Lenin tiene un artículo dedicado a Tolstói, se titula “Lev Tosltói como espejo de la revolución rusa”. O sea, en sus libros, Tolstói hace un reflejo muy fiel de la Rusia de ese momento y queda clara la necesidad de un cambio, una revolución. Que ésta haya sido bien o mal llevada, es un tema aparte, pero que la situación que se vivía era insostenible, eso lo retrata muy bien.

—Los Aforismos revelan a un hombre revolucionario y profundamente religioso.

La religión en Tolstói no está reñida con la revolución. Él reivindica el cristianismo, pero el suyo, no el de la iglesia. Recordemos que la iglesia lo excomulgó, igual que a Kazantzakis. Este libro es, de alguna manera, un libro revolucionario; ejemplo de ello es el capítulo sobre el Estado. Cuando El camino de la vida se publica de manera póstuma, a finales de 1911, la censura no permite que se incluya el capítulo sobre el Estado. Casi medio siglo después, en la década de 1950, se integra esa parte. Es un capítulo que da mucho qué pensar.

—¿Qué significa entrar en la piel, en la psicología de este personaje y lograr que una traducción revele la atmósfera que se filtra en su literatura?

Es justamente meterte en la piel y quieras o no te ves impregnado de ideas, de pensamientos, de maneras de entender la vida, el mundo. Soy muy camaleónica con mis autores, tanto en cuestiones físicas como de pensamiento, y, en este plano, Tolstói ha hecho mucho por mí y se lo agradezco. Los rusos dicen que Tolstói tiene tres novelas capitales: Guerra y Paz, Ana Karenina y su biografía. Lo que he hecho en las traducciones de prosa íntima ha sido alejarme del Tolstói creador para recuperar al ser humano y presentar cosas que pueden dar idea de su biografía, como los dos volúmenes de Diarios, los dos de Cartas, y una serie de pequeños volúmenes que llevan por título Así era Lev Tolstói, retratos del autor hechos por sus contemporáneos que me interesaban para complementar esa historia de su vida.

—¿Cuál fue el mayor reto de esta traducción?

Me hubiera sido más fácil traducir Ana Karenina, que tiene un ritmo, una cadencia, una melodía, un argumento, porque te metes ahí y te dejas llevar por la corriente del texto. Aquí no. Aquí el reto era que cada aforismo se bastara a sí mismo para que el lector pudiese entenderlo. A veces Tolstói es un poco complicado, le encanta repetir las mismas palabras a fin de que el lector entienda lo que quiere decir. Eso en español no se aguanta. Traté de hacerlo hasta donde pude como hago siempre con este tipo de textos, respetar hasta donde puedes sin cansar al lector.

—Umberto Eco se refiere a la traducción como una experiencia vital. Le adjudica un valor de creación y considera al traductor como un artesano de la palabra. ¿Cómo ha sido tu experiencia en este oficio?

Empecé a traducir hace 40 años, en 1979. Cada libro ha sido una experiencia única y cada libro te pide algo distinto. La gran cualidad que debe tener un traductor es el oído fino, saber oír qué le pide cada autor, cada texto. En mi caso, haber estudiado música, haber tocado el piano, me ha ayudado. Y claro, tener el ojo y el oído atentos al texto es fundamental. No estudié traducción, estudié filología rusa. Me hice traductora traduciendo, gracias a los consejos de Sergio Pitol y Emilio Carballido, maestros que, sobre todo al principio, me ayudaron muchísimo. Después vas entendiendo las cosas. Tsvetáieva ha sido mi gran maestra en esta profesión, porque tiene mucho material sobre lo que significa para ella la traducción literaria y cómo hay que traducir un texto. Ella misma traduce a Pushkin. Explica, por ejemplo, por qué hace de un naranjo un olivo. Para quien va a recibir el texto traducido, el olivo es lo que para el ruso significa el naranjo. A mí se me abrió un mundo cuando leí estas cartas sobre la traducción. Pensé: “Eso es la traducción, es definitivamente creación literaria”. Sin embargo, en el plano del pensamiento, y es el caso de estos aforismos, no puedes moverte un ápice.

—Y esto va de la mano con la posibilidad de estar en los sitios donde estuvo el autor o los que describe en sus libros, un lujo para cualquier traductor.

Es importante saber por dónde me estoy moviendo porque eso permite evitar errores absurdos. Cuando conoces una ciudad, sus calles, sus balcones, los olores, los sabores, ya sabes lo que estás describiendo. Caminar en mi propia escritura con los mismos conocimientos con los que caminaba el autor me da mucha libertad. Seguido me preguntan: ¿pero con qué dinero hace eso? Porque los traductores no cobran lo suficiente para permitirse esa manera de trabajar. Y siempre digo: porque tengo la suerte de ser mexicana, y el gobierno mexicano tiene un sistema de becas que me han permitido hacer lo que he hecho. Sin el apoyo del Fonca, los Diarios y las Cartas de Tolstói, por ejemplo, habrían sido impensables.

—¿Alguna vez imaginaste que llegarías a ser una de las traductoras más notables de la literatura rusa al español?

Nunca me imagino nada. Voy viviendo y siempre he traducido gracias a la emoción de compartir un texto. Porque me enamoré de Tsvetáieva, porque luego me enamoré de Tolstói, porque vivo enamorada de Kazantzakis… Traduzco por el placer de traducir.

Fuente: milenio.com

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