Bernard-Marie Koltès o la soledad del meteorito
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Bernard-Marie Koltès o la soledad del meteorito

La noche en que vio a María Casares protagonizando ‘Medea’, este joven que tenía 20 años sintió algo así como una revelación. Se dijo que su lugar en el mundo estaba en la escritura, contar «con palabras sencillas» un deseo, una emoción. «Sin la belleza no merecería la pena vivir», decía

Bernard-Marie Koltès nació en Estrasburgo el 12 de enero de 1968, a los veinte años de edad. Fue durante una representación, Medea, protagonizada por María Casares y con dirección de Jorge Lavelli. Al final del primer acto, el entonces estudiante de periodismo necesita salir a la calle. No puede respirar. Tampoco siente el frío de la noche. La visión del cuerpo de la actriz, una de entre los muchos españoles republicanos exiliados, provoca la revelación. Antes de entrar de nuevo al teatro, susurra “Voy a escribir”, y nombra así su sentido en la tierra. A su cumplimiento dedicó los otros veinte años que aún le quedaban de vida.

Su primer nacimiento fue un viernes de abril de 1948, cuando Germaine Koltès da a luz a su tercer hijo, varón como los anteriores. El parto es en Metz, ciudad tan al noreste de Francia que al menos tres veces, a fuerza de armas, se vuelve alemana. La guerra es un fantasma siempre sentado en la mesa familiar. El comandante Édouard Koltès, el padre, intenta no convertirse en un desconocido vestido de uniforme. Es Germaine la que cría a los hijos. Ella es la única de sus hermanos que no ha prometido los votos. Como ejercicio de expiación o ascetismo, quién sabe, obliga a sus hijos a extenuantes jornadas de alpinismo. El pequeño Bernard busca siempre algún pretexto para estar como más le gustaba: solo. De aquellos años de infancia dará cuenta en la penúltima de sus obras Regreso al desierto.

Koltès asiste a las clases del organista Louis Thiry. Allí siente por primera vez que lo inexpresable existe, de hecho, se manifiesta en las manos de aquel hombre ciego que interpreta a Bach. Fue el primer calambre en el centro de todas las cosas.

Tuvo que ser María Casares, en aquella noche de enero, algunos años después, quien le mostrara las coordenadas precisas de su vocación. Decide abandonar sus estudios de periodismo y servir al teatro: “arriesgo mi vida, mi alma, mi futuro por él, porque en ese riesgo ya está mi victoria”, le dice a su madre. Trató sin éxito de entrar en el teatro por la puerta de la interpretación, luego de la dirección escénica. No desiste. Funda una compañía propia y escribe sus primeras piezas. Quiere cumplir su destino. “Lo único que deseo es poder contar bien, algún día, con las palabras más sencillas, la cosa más importante que conozca y que pueda contarse: un deseo, una emoción, un lugar, algo de la luz y del ruido, cualquier cosa que sea un fragmento de nuestro mundo y que nos pertenezca a todos”.

Envía los manuscritos de sus obras a cuantos teatros puede, hasta que se produce el encuentro decisivo con Patrice Chéreau. El director decide montar cuanto escriba aquel joven perseverante. Años después confesó que lo que le enamoró de Koltès fue la creencia compartida en que hacer teatro era una misión de locos o de santos.

Sigue escribiendo y viajando, dos formas similares de seguir vivo. Los títulos de sus piezas tienen quilates de enigma: La noche justo antes de los bosques, En la soledad de los campos de algodón, Combate de negro y perros, etc.

Ya enfermo de sida, escribe una obra inspirada en el criminal veneciano Roberto Succo porque “la única moral que nos queda es la de la belleza, la belleza en sí misma. Sin la belleza no merecería la pena vivir”. Convierte la vida del criminal en una travesía mística, una pasión sin resurrección ferozmente contemporánea, con el nombre de Roberto Zucco. Del asesino real toma prestadas estas líneas definitivas: “Antes o después, todos tenemos que morir, todos. Y eso hace que los pájaros canten, que los pájaros rían”. Koltès muere poco después.

Chéreau dijo que su vida fue “un meteorito que atravesó nuestro cielo en soledad”. Como la de Marlowe, Kleist o Lorca, su obra ha quedado suspendida en una eternidad prematura. Las últimas palabras que escribió, dirigidas a su hermano François, fueron estas: “In God we trust, do we?”.

Fuente: elmundo.es

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