Carabane, la isla de Senegal donde el tiempo se detiene
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Carabane, la isla de Senegal donde el tiempo se detiene

El rincón del mundo en el que disfrutar de África en estado puro

Nadie te avisa de qué estás a punto de descubrir cuando te subes a la barca que te lleva, junto a un par de decenas de personas más, desde Elinquine hasta esta diminuta isla de Senegal.

Tampoco lo intuyes mientras el bote avanza, con el motor a medio gas y sin prisa alguna, por un exótico manglar. Ni siquiera lo sabes cuando por fin llegas a tu destino, en la desembocadura del río Casamance, aproximadamente una hora después de zarpar.

Pero entonces alcanzas tierra, te quitas tu chaleco salvavidas y, mientras quienes han conducido la barca amarran los cabos al diminuto puerto, saltas con energía dispuesta a descubrir qué tiene de especial este lugar. Oye, y no sabes por qué, pero te da buena espina.

Te encuentras en Carabane, un pequeño oasis en el sur de Senegal perfecto para quienes buscan desconectar del mundo unos días. Aquí no existe red de teléfono.Apenas hay wifi. Aquí lo que existe son decenas de palmeras custodiando playas de arena blanca y fina y unas aguas azules que ya quisieran poseer algunos afamados destinos playeros. Lo dicho: el lugar perfecto para escapar.

Comienzas entonces a recorrer, mochila al hombro, las calles sin asfaltar de esta pequeña isla. Eso sí: te va a tocar sortear charcos constantemente. Al fin y al cabo Carabane pertenece a la región de Casamance, la más verde y frondosa de Senegal, y aquí el clima es 100% tropical. Es decir: la humedad lo invade todo y las lluvias aparecen cuando menos lo esperas, pero el sistema de alcantarillado es, sencillamente, inexistente.

Enseguida eres consciente de que, en este rincón del mundo, la tranquilidad lo invade todo. Contemplas a la madre que, con su bebé a cuestas, camina con parsimonia mientras carga también con un cesto de ropa recién lavada. Muy cerca un grupo de preadolescentes juega un improvisado partido de fútbol.

Así vas entendiendo que Carabane es como un oasis en el espacio. Como un paréntesis en el tiempo. En esta isla la vida transcurre a otro ritmo, las prisas no existen y no hay más que hacer que dejarse llevar, pasear y vivir. No se te ocurre un plan mejor.

Una vez elegido tu hotel –el muy modesto Campement Le Barracuda es uno de los más escogidos por los turistas que llegan hasta aquí-, pasas a indagar qué se cuece a pie de playa. Una hamaca atada a dos árboles basta para paralizar tus planes y hacerte alcanzar la felicidad más inmensa. Tumbada en ella disfrutas de un balanceo incesante con el que abrazar la calma y dejarte ir unos minutos.

Miras a tu alrededor y te gusta lo que ves. Un buen puñado de barcazas pintadas de colores reposan a lo largo de la kilométrica orilla. Alquilando algunas de ellas se pueden explorar los manglares vecinos, repletos de especies de aves que hacen las delicias de los ornitólogos.

La arena es gustosa, de esa tan extremadamente fina que se pega a tus pies como si fuese harina, y bordea la isla dando forma a playas de ensueño en las que tumbarse al sol durante las horas que haga falta.

De esto es, precisamente, de lo que trata Carabane. Aquí lo que conquista es ser testigo de cómo transcurren los días sin que nada relevante ocurra. Observar la vida atentamente; sentirla y compartirla con los locales. Porque una no llega hasta aquí buscando grandes reclamos monumentales ni enigmáticas historias del pasado. Aunque ojo, porque alguna sí que hay.

Y es que resulta que esta pequeña isla que hoy contemplas con sus destartaladas casas construidas con materiales de lo más variopintos -desde chapas a ladrillos de cemento o trozos de madera-, y sin un entramado de calles claro, albergó los primeros asentamientos comerciales franceses a comienzos del siglo XIX.

De aquel pasado colonial poco queda hoy, aunque perduran en el tiempo algunos restos dispersos por sus caminos de arena. Por ejemplo, la iglesia, una construcción de fachada amarilla y estilo bretón cuyas campanas se hacen sonar de vez en cuando.

A pocos pasos se alza el edificio que alberga la escuela. A pesar de mantener sus ventanas cerradas decides curiosear. Tras el cristal descubres el espacio desolado de un aula vacía y, aunque es verano y no hay alumnos, las pizarras aún conservan escritas a tiza la última lección.

Junto a la playa, otra visita memorable. Allí se halla, entre árboles y arbustos, el curioso cementerio católico: en él fueron enterrados colonos y marineros franceses. La tumba que más te llama la atención es una vertical. Se trata de la del Capitaine Aristide Protet quien, según parece, murió en 1836 tras alcanzarle una flecha envenenada durante un levantamiento de los diola, el grupo étnico más extenso en la zona. Pidió que le enterraran de pie para seguir contemplando el mar incluso ya fallecido.

Pero las estampas se siguen sucediendo en Carabane como si fueran postales vivas. Más allá lo que te llama la atención es la ropa tendida, que da color e impregna de cierta alegría las calles de la isla. Está por todas partes, volando al viento casi a ras de suelo.

En pleno centro neurálgico –por llamarlo de algún modo- de Carabane, está La Sastrería de Paco. Paco es oriundo de Carabane y famoso por coser trajes a medida en tiempo récord. Charlas con él animadamente y algo te dice que es un tipo con mucho carisma. Controla bastante de varios idiomas, incluido el español.

Fuera, en la zona exterior de su tienda, cuelgan varios modelos de sus creaciones, todos ellos elaborados a partir de telas africanas de los colores más llamativos. El éxito entre los pocos turistas que hasta aquí llegan es rotundo.

En una estrecha calle te topas con el hospital maternal, donde llegas a conversar con su matrona, la única en toda la isla. Aquí vienen a dar a luz las mujeres de los alrededores en unas condiciones que, si nos paramos a comparar, dejan mucho que desear.

Un poco más adelante un pequeño edificio de dos habitaciones acoge la biblioteca pública. En el interior, una paciente maestra se las apaña para dar clases particulares a un grupo de niños de diversas edades.

Cuando llega el atardecer es cuando Carabane se transforma. Contemplas el mar mientras los amarillos y naranjas colorean el paisaje y dan forma a una hermosa puesta de sol que vives como si fuera la última en tu vida.

Sin embargo, la función solo acaba de comenzar: en cuanto el sol se despide, se escucha el sonido de un djembé. Arranca la fiesta.

La música proviene de Calypso, un pequeño local junto a la playa desde el que varios músicos provocan que los ritmos africanos se adueñen del ambiente. A los pies del garito, las olas del mar alcanzan la fachada al subir la marea. Los cuerpos comienzan a danzar sin control alguno y lo que parecía ser tan solo un pasatiempo se transforma en un auténtico espectáculo que se prolonga hasta bien entrada la noche.

Y así, entre bailes, charlas y música, decides dejarte llevar una vez más. Está claro: así es como funciona la vida en este pequeño rincón del mundo.

En este pedacito de Senegal en el que África toma forma en su sentido más completo.

Fuente: traveler.es

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