Helene Hanff: cartas entre bibliófilos pobres
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Helene Hanff: cartas entre bibliófilos pobres

Durante 20 años se estuvieron escribiendo cartas, ella desde Nueva York, él desde una librería de Londres. Ella le pide libros, él la contesta. ¿Hubo más? Nunca se llegaron a ver. Ella nunca se casó. Anthony Hopkins y Anna Banroft llevaron al cine lo que fue o no fue.

Este no es un libro, al menos al uso. Son cartas, tampoco demasiadas, sobre libros. Y sobre la vida. Cartas que nunca fueron escritas para que se publicaran. Todo ocurrió por azar y con un océano por medio. Que unas cartas tan sencillas lograran conmover a miles y miles de lectores ajenosdemuestra una vez más que no hay fórmula alguna que garantice nada en literatura.

La historia arranca el 5 de octubre de 1959 en Nueva York. Helene Hanff, una joven de 33 años que intenta hacerse un hueco en el teatro como escritora, envía una carta a una librería inglesa especializada en libros agotados tras ver un anuncio en la Saturday Review of Literature. En la carta se define como “una escritora pobre amante de libros antiguos”, envía una lista con los títulos que le interesan y pide que el precio no sea superior a cinco dólares por libro. Veinte días después recibe una respuesta de Marks & Co. Libreros, situado en el 84, Charing Cross Road de Londres. Y así, en un vaivén discontinuo, se prolongará la relación durante 20 años.

A medida que se van cruzando las cartas se descubren muchos detalles que afianzarán el trato, primero de usted y luego más familiar. En cada una de ellas, y ahí está la gracia, se alternan los comentarios personales (“mis estanterías hechas con cajas de naranjas”) con los literarios o sobre las peculiaridades de un volumen en concreto, en su mayoría delicados (“un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en una biblioteca revestida de madera de una casa solariega en la campiña inglesa”).

Por las cartas desfilan los diarios de Sam Pepys, los Cuentos de Canterbury de Chaucer, Catulo, Virginia Woolf, Tristram Shandy, John Donne, El perfecto pescador de caña de Izaak Walton… Y juicios varios: “Te asombrará saber [escribe Helene Hanff a Frank Doel, su habitual corresponsal], de alguien como yo, que odia las novelas, que he acabado atreviéndome con Jane Austen y que me he apasionado tanto con Orgullo y prejuicio…”. O consejos sobre cómo limpiar una Biblia Grolier, para lo que debe emplearse jabón normal y agua, poner una cucharadita de carbonato sódico en medio litro de agua templada y emplear una esponja enjabonada; se puede abrillantar con un poco de lanolina. También, para el no muy avezado lector, se informa que los racionamientos en Gran Bretaña duraron desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1953, cuando ya se podían encontrar medias de nailon en las tiendas. Antes, Helene Hanff ya se las había apañado para que las mujeres empleadas en 84, Charing Cross Road tuvieran sus pantis y no les faltara ni huevos en polvo ni latas de lengua.

No todo fueron confianzas desde el principio pues hasta 1952 Helene Hanff no les dice abiertamente que se gana la vida como escritora de guiones de crímenes para una serie de televisión. También ha desvelado que fuma y bebe ginebra, que es judía, desordenada y que pertenece a un club demócrata al que acude regularmente, que viste jerséis apolillados y pantalones de pana y que ha encontrado un cortapapeles perfecto (un cuchillo de postre con mango de nácar).

Los detalles van cayendo aquí y allá, espolvoreados, pero a menudo se refieren a los libros: “Va contra mis principios comprar un libro que no he leído previamente: es como comprar un vestido sin probártelo”, “me encantan las notas en los márgenes: me gusta el sentimiento de camaradería que suscita volver páginas que algún otro ha pasado antes”, “el fantasma de su anterior propietario me señala párrafos”…

Las cartas, en su gran mayoría, las contesta desde la librería Frank Doel, a quien es muy difícil no imaginar como Anthony Hopkins, quien, cómo no, protagonizó la versión cinematográfica junto a Anne Bancroft en La carta final (1987). Frank Doel es un meticuloso y avezado librero, muy correcto en el trato, que la anima constamente a que visite Londres. Ella, entre su aversión a viajar y su falta de dinero lo irá retrasando… demasiado. Cuando por fin se decide, en 1971, Frank Doel había muerto y su librería estaba cerrada.

Dos años antes, repasando las cartas, sopesó publicarlas como un relato para una revista pero el texto era demasiado largo. Un amigo se las pasó a un editor que vio su encanto al vuelo: el mismo día que las leyó llamó a Helene Helff y le dijo que las publicaba en forma de libro. En 1975 la BBC produce un telefilme, en 1981 triunfa como adaptación teatral en Londres y al año siguiente en Broadway. Y en 1987, la película. En España, Isabel Coixet eligió estas cartas para su debut como directora teatral en 2004.

Pese a todo, esta mujer autodidacta nunca tuvo una alta consideración de sí misma: “Soy una escritora sin cultura ni demasiado talento”. De su apartamento de Nueva York se la trasladó, con su ginebra (otros dicen que whisky, otros que martini) y sus cigarrillos a una residencia de ancianas.Murió allí, sin herederos y con diabetes, a los 80 años, cuenta Thomas Simonnet en un post scriptum en la edición de Anagrama.

Si las cartas rozaron el peligro, con sobrentendidos o insinuaciones tímidas, es difícil asegurarlo. Quien sí que lo tuvo claro fue la mujer de Frank Doel, que le escribió: “Me he sentido muy celosa de ti (…) También he envidiado tu facilidad para escribir. Frank y yo teníamos temperamentos opuestos: él amable y tranquilo; yo, por mi ascendencia irlandesa, luchando siempre por mis derechos”.

Debajo de los detalles de Helene Hanff con los seis empleados de la librería latía su temperamento. En 1950 se arranca así: ¡ESTAMOS BUENOS! Hoy sólo quiero decirle una cosa…, a USTED, Frank Doel: que vivimos en una época depravada, destructora y degenerada, en la que una librería -¡una LIBRERÍA!- no tiene el más mínimo reparo en destrozar libros hermosos para emplear sus páginas como papel de embalaje”.

Carácter y destino.

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